Valeria's profileValolopez (Doña Nadie) PhotosBlogListsMore Tools Help

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    October 29

    Amor y muerte

    Y llegó entonces el día de su muerte.
    No le tomó por sorpresa; los dolores de cabeza que jamás había sentido le confirmaron lo que la noche anterior había soñado; la muerte se le había aparecido.
    Su imagen era la de una mujer de curvas acentuadas; cabello castaño, labios rojos y jugosos; piel lisa y suave, pero su mirada...
    había algo en su mirada que en la mañana, al despertar, no pudo decifrar.
    Era confusa, casi impercetible; indescriptible, como tantas otras veces que había querido leer letreros, anuncios o textos en sus sueños y no podía. Las letras cambiaban de lugar, eran borrosas, o apenas lograba descifrar una palabra, la siguiente desaparecía.
    En realidad su mirada era lo único que no había visto; era el hueco que faltaba para completar el cuadro de aquella mujer imponente, altiva pero amable y hermosa. Sí, era hermosa. La muerte era hermosa.
     
    Aquella noche entró en su cuarto, se metió en su cama y sintió cómo acariciaba su pelo, mientras le susurraba al oído que despertase.
    Entonces, él abrió los ojos y escuchó la voz grave y sensual que le explicaba con toda amabilidad y tranquilidad que vendría por él; que moriría al día siguiente; como la azafata que cálidamente da instrucciones de seguridad al pasajero de primera clase.
    "Espera mi señal al inicio del día"... recordó.
     
    Tal vez fueron las noches eternas en las que no dormía y sólo pensaba en trabajar. Tal vez fueron las más de siete veces que se le olvidó comer.
    Tal vez era el calor de esa noche; pero sintió unas ganas incontenibles de hacerle el amor.
    Amar a quien tal vez nadie pudiese llegar a amar. Otorgarle calor a aquellas manos delgadas, frías, tristes y huesudas...
     
    ¿La parca? ¿se te apareció La parca? No inventes, de plano esas pastillas que usas para mantenerte despierto te están haciendo debrayar mano, más vale que las dejes en paz y este fin de semana te quedes en tu casa a dormir.
     
    ¿Pero què carajos podría saber Manuel -el compañero de trabajo a quien le compartió su secreto- acerca de lo que vivió? Después de todo, era él quien siempre estaba anunciando el fin del mundo según las escrituras mayas, y cómo olvidar el pánico que llegó a sembrar en más de uno cuando en la víspera del año nuevo en el 99 sentenció a toda la oficina al final de sus días? Seguramente si hubiera soñado con serpientes emplumadas o extraterrestres entonces sí lo hubiera tomado en serio y le hubiera creido.
     
    Raramente aquella noche el tráfico no lo puso de malas. No le importó que su computadora se hubiese infectado con el virus que ya por toda la oficina circulaba y que fue la causa del retraso del informe de octubre. No le importó que la casera le hubiese subido la renta. 
    Muy en el fondo sabía que esos eran problemas que ya no le correspondían, que ya no tenía que lidiar con ello. Que no habría un mañana, y de haberlo, él no estaría viviéndolo aquí, en el planeta tierra.  
     
    ¿Y si muero? No, ya no quiero tirarme del bungee como alguna vez pensé y tampoco quiero visitar Paris; no quiero comer pastel de chocolate hasta vomitar, ni hablarle a Clara y decirle que aún la amo después de todo lo que me hizo, que fue el amor de mi vida. Ya no quiero hacer ninguna de la cosas que decía que quería hacer antes de morirme -la clásica pregunta de chismógrafo de preparatoria, o en su defecto la tradicional duda existencial-.
     
    Esperaba ansioso la visita de aquella mujer que lo dejó hipnotizado, como en estado de trance; no podía evitar fantasear con la idea de desnudar su cuerpo, de besar sus manos frías, de besar sus ojos y despertar su mirada, como cuando en los cuentos el príncipe despierta a la princesa de su sueño de años con el primer beso de amor.
    Amar a la muerte.
     
     De tanto esperar, los ojos se le cerraron y se quedó dormido en el sueño más profundo que jamás tuvo.
    A la mañana siguiente, el teléfono sonó.  Eran las 10 de la mañana. Confundido y aturdido levantó el auricular sólo para escuhar los gritos histéricos y llenos de rabia de su jefe, quien le decía que estaba despedido. Recordó de un sobresalto la junta con el Consejo directivo que iniciaba a las 7 de la mañana, donde se discutirían cruciales puntos para la empresa y cuyas gráficas, desplegados e informes èl tenía en su computadora.
    Al colgar el teléfono la sensación de un segundo balde de agua fría le inundó el cuerpo; aquella mujer de cabello castaño y mirada confusa, la muerte que se había aparecido en su sueño, yacía dormida junto a él; vestida de blanco y con el cabello enredado.
    Era Clara, la misma mujer con la que había cortado hace ya seis meses; la misma mujer a la que amó intensamente y que le había puesto el cuerno con Elías, el hijo deahora ex jefe.
    Un bote de pastillas para dormir tirado en el suelo, uno de antidepresivos, una botella vacía de vodka, ropa interior de mujer y su computadora en el suelo le confirmaron la verdad.
     
    Sus llamados sueños y encuentros con la muerte no habían sido más que alucinaciones y distorisones de la realidad causadas por el uso de cocaína, alcohol, antidepresivos y pastillas para dormir; todo en una sola noche.
    Milagro fue que no huiese muerto en ese instante por una sobredosis.
     
    La mujer misteriosa no era la muerte, sino Clara, que le habló la tarde anterior y le contó que Elías le había sido infiel, le lloró y le dijo cuán arrepentida estaba de sus errores; le juró amor eterno y le propuso volver. Más tarde ella llegó a su departamento y se emborracharon hasta la inconcencia. La adicción de Clara a la cocaína había sido un fuerte motivo para acabar la relación.
    La historia que le contó a Manuel no había sido en la oficina, sino en la fiesta a la que acudieron Clara y él esa misma noche, en el departamento del vecino del 515.
     
    Ahora estaba sin trabajo, hasta el cuello de deudas, había volvido a tomar y a drogarse, y para colmo, debía mantener a una mujer que se movía sólo por isatisfacer sus propios intereses; que gastaba más de 2,000 pesos al día y que no lo amaba.
    Su computadora estaba destrozada en el suelo; no tenía respaldo de ninguno de sus documentos; comprobantes de pago (todo lo realizaba por Internet), direcciones y teléfonos de contactos importantes; hasta su currículum. Toda su vida laboral estaba ahi.
     
    Un vació lo invadió y el sllencio se apodéró de su mente.
    Cerró los ojos, respiró hondo, extendió la mano izquierda y abrió el cajón de su buró.
    Tomó el revólver y lo apunto a su cabeza.
    Le quitó el seguro, tiró del gatillo...
    PUM.
     
    La tarde de velorio fue lluviosa, osura; confusa.
    Entre los murmuros de la gente, se oía a lo lejos la voz de Manuel  que decía entre sollozos:
     "él sabía que moriría, él había soñado su muerte y yo no le creí. Sólo me consuela saber que se fué preparado, que dejó todo listo, que murió tranquilo y en paz".
     
     
     
     
     

    Los impuntuales

    Nos esperan sentados, sin irse, pero cada vez encontrando menos razones para quedarse.
    Somos incertidumbre e impaciencia.
    Recibimos maldiciones a cada minuto que transcurre después de la hora acordada.
    Somos los informales, los que no nos importa, somos los irrespetuosos, los groseros.

    Pero no saben que la impuntualidad es una condición del ser inherente a su naturaleza.

    Desde luego; hay quienes nacen con ojos verdes y hay quienes nacemos impuntuales y no importa lo que hagamos para contrarrestarlo; no importa qué tan temprano nos levantemos o qué tanto hayamos planificado y administrado el tiempo; siempre hay algo que nos hace llegar tarde.

    La impuntualidad se lleva en la sangre, la impuntualidad se duerme, se respira y se come.
    Aprendemos a vivir con ella, a a amarla y a hacer que los demás la amen (o en su defecto la preveen, ya que hablar de aceptación sería bastante difícil)

    El impuntual es víctima de su mal, como quien es prisionero de una enfermedad crónica.
    Y sólo pide aceptación: porque en ciertos momentos el universo con su gran dedo cósmico lo apunta y pone todo en su contra; es el destino el que no quiere que lleguemos ahi.
    Tal vez sea una especie de ángel protector que evita que estemos en cierto lugar en tal momento o de lo contrario sufriríamos un mortal accidente o seríamos víctimas de alguna eventualidad que nos cambiaría la vida.

    Así que si nos conocimos, en otro tiempo, piensa que es la impuntualidad la que nos reunió ahi.
    Un segundo más o menos, pudo haber evitado que nuestros caminos se cruzasen; el tráfico, lluvia, una llanta ponchada, un despertador que no sonó; un calentador que se apagó, o un zapato que no encontramos.

    El impuntual soy yo.
    October 04

    time

    No, no es cierto
    El presente no existe
    Ha sido sólo una artimaña creada por aquellos que nos quieren manipular; un sustantivo que queremos hacer verbo, para hacernos sentir mal, para atormentarnos con una percepción inexistente; vacía; irreal.
    Por más irreal que ya esta realidad pudiese parecer.
     
    Así, no es posible determinar el momento preciso en que teclee la última letra, porque todas son la primera y la última.
    Sólo queda así el pasado; el preciso momento en que tomamos conciencia del mal llamado presente es pasado, y el futuro inmediato en nuestras cabezas no se concreta sino hasta llevarlo a cabo; gastarlo; usarlo; emplearlo; convertirlo en pretérito.
     
    Así que no soy mi presente, no soy la misma que pensó hace un minuto; no soy la misma mujer que tocaste con tus manos aquella noche; no soy aquel placer que siempre dices que soy.
    No lo soy.
    No soy la misma que ahora lees.
     
    No podemos hablar de un aqui ahora; no es ni aquí; el planeta ya hizo su respectivo movimiento; no puedes hablar de un ahora; gente nació y murió, el tiempo ya te robó vida; ya eres más viejo y ese sentimiento ya no volverá.
     
    No es la misma felicidad que sentías al besar que la que sentirás; qué efímero es todo.
    Qué triste es entonces, desperdiciar ese segundo, que jamás en el universo se repetirá, sentado frente a una pantalla, acostado mirando el vacío, que ya no es el mismo vacío sobre el cual ahora haces reflexión.
     
    Por eso nos asimos de lo material; por eso no podemos desprendernos de lo corpóreo; es lo único que podemos reproducir a discreción (sabiendo aún que no es lo mismo); por eso cuando te fuiste no dejaba de ver tus fotos; por eso cuando te fuiste no podía dejar de leer las cartas.
     
    Porque te fuiste y no volverás jamás.
    Y quiero llorar.
    Mis nuevas lágrimas que en el momento de ser lloradas son viejas.